Una plata que sabe a oro

Alcanzaron nuestras chicas de gimnasia rítmica la medalla de plata en los Juego Olímpicos de Río. Una medalla que, sin embargo supo a oro, y de qué manera. Porque las gimnastas tenían mucho en su contra, pero fueron capaces de dar toda una lección de profesionalidad, esfuerzo y sacrificio.

Llegaron a acariciar el oro, pero un magnífico segundo ejercicio de las rusas se lo arrancaba casi de las manos. Sin embargo, las españolas destacaron en cintas, aros y mazas. De hecho, en el primer ejercicio quedaron primeras. Sin embargo, el potente equipo ruso pareció despertar.

El equipo entrenado por Anna Baranova se quedó muy cerca del sueño, pero no hay que olvidar que han tenido que pasar nada menos que 20 años para que las chicas de gimnasia rítmica subieran de nuevo al podio olímpico (en los juegos de Atlanta de 1996 alcanzaron el oro) , toda una gesta que hay que apreciar, y mucho.

Hay que apreciarlo porque el desgaste previo a la competición había sido muy alto. Intensos entrenamientos que las gimnastas fueron capaces de soportar a pesar de sus lesiones. Y llegaron a la final. Una final a la que salieron con espíritu ganador y en la que soportaron la inmensa presión a la que estaban sometidas. Todo ello con Sandra Aguilar, Artemi Gavezou y Lourdes Mohedano lesionadas, y con Alejandra Quereda y Elena López esperando el final de los juegos para pasar por quirófano. De ahí el enorme valor de esa plata olímpica, de ahí que haya que valorarla como si fuera mucho más.

Nadie regaló nada en Río a las españolas, lo trabajaron ellas, superando infinidad de complicaciones y obstáculos que les iban saliendo en el camino, siendo capaces de poner la mente mucho más allá, de plantearse subir al podio a pesar de la tensión y el cansancio. Y, afortunadamente, el esfuerzo ha merecido la pena y la de Río ha sido una plata con sabor a oro.